Superación: Vivía en un rancho con piso de tierra, sin agua ni luz, no se rindió y hoy habla 7 idiomas y da clases en la Universidad de Oxford

Esteban Cichello Hübner nació en La Falda, Córdoba. Su familia se rompió cuando era muy chico, se mudó con su madre y su hermano al Conurbano bonaerense y conoció las privaciones. Con mucho esfuerzo salió adelante y hoy es profesor en una de las principales instituciones educativas del mundo. Por él, Diego Maradona brindó una histórica conferencia en esa universidad. Una inspiradora historia de superación.

A Esteban nunca le pareció una tarea difícil conquistar el mundo. Siempre creyó que con esfuerzo todo era posible.

Incluso, cuando tenía seis o siete años y se bañaba a puro baldazo, con el agua que había arrastrado unos cien metros en un palo atravesado sobre los hombros, hasta su rancho.

Incluso, cuando leía a la luz de la luna un viejo libro que encontró de Albert Camus, en francés, y no entendía ni una jota.

Incluso, cuando no tenía suficientes palabras en su vocabulario para expresar lo que querría ser cuando fuera grande. A él, el chico pobre de mechas rubias y ojos soñadores, los sueños no le estaban vedados.

El día que se quebró su infancia

Tenía unos seis años cuando su felicidad sufrió la primera detonación. Vivía en La Falda, en la provincia de Córdoba, en una agradable casa de techo a dos aguas, con su papá Pedro Cichello Hübner (mecánico de motos), su madre Ester Gracia y su hermano mayor, Daniel.

Habían salido a pasear por el centro con Ester cuando de pronto vieron a su padre, Pedro, contra una pared besuqueándose con la rubia Betty.

Ese mismo día se desató el fin de los tiempos felices.

FUE TESTIGO, POR PRIMERA VEZ, DE LA VIOLENCIA.

Golpes del padre, sartenes por el aire, un arañazo de su madre en el labio superior de Pedro que deja una cicatriz para siempre. Y, en el corazón de todos, otras heridas que sangrarán eternamente.

Ahí mismito Ester hizo los bolsos. Unos pocos petates y se marcharon los tres a la estación de ómnibus de La Falda.

“Ver una escena de tal magnitud de violencia fue una hecatombe en mi infancia. Fue traumático”, recuerda hoy el profesor Cichello Hübner desde Gran Bretaña.

OTRO GOLPE

Viajaron 770 kilómetros y llegaron, esa primavera, a un terreno que había comprado, en cuotas, su abuela materna Raquel. La casita cómoda de La Falda poco tenía que ver con este rancho precario en medio de los pastizales. Un cuadrado de seis metros por seis, sin paredes ni revoques, con piso de tierra y chapas como techo, era su nuevo hogar. Parecía campo, pero estaban en un barrio que hoy cotiza alto: Lomas de San Isidro. El rancho no tenía piso, ni baño, ni cocina. Menos calefacción. Se ubicaron en dos camas: una la ocupaba la abuela Raquel con su último hijo Marcelo, que tenía la edad de Daniel; la otra, Ester con sus dos hijos.

Raquel, con su magro sueldo, era el sostén económico de la familia. Trabajaba de mucama en un centro de asistencia pública, algo intermedio entre un hospital de verdad y una salita de primeros auxilios.

Cuando llegó el invierno, el viento helado se colaba por las tablas superpuestas que hacían de paredes y se hacía sentir. Raquel tuvo una buena idea: traerse, de la basura del centro asistencial, las cajas de las radiografías marca Kodak. Estaba maravillada con el cartón grueso que fabricaban los japoneses. Las abrió y las clavó cubriendo las ranuras. Así evitaba que se colaran los chifletes helados. Cuando se le acabaron las cajas usó, con idéntico fin, latas de aceite Cocinero y de Shell. Las aplanaba a martillazo limpio para clavarlas contra las tablas. Ester, por su parte, se hizo toda una experta en mezclar engrudo con diarios viejos para mejorar el aislamiento. El agua debían acarrearla de lejos y se iluminaban con lámparas a kerosene o con velas. Bañarse era una proeza. Leer aún más. Pero Esteban tenía muy buena vista y mejor espíritu.

Un día Pedro, el padre ausente, cayó de sorpresa y se llevó, por la fuerza, a los chicos. Había puesto un criadero de conejos por ahí cerca. Ester tuvo un susto de muerte. Las cosas terminaron con un abogado que obligó a los niños a elegir con quién vivir. Daniel se fue con su padre, con quien hizo una vida mucho más acomodada. Esteban eligió quedarse en la precariedad, pero con el amor materno del cual no quería prescindir.

No pasaría mucho tiempo hasta que un segundo golpe noqueó a la familia. Fue una mañana común y corriente, a las 5.30. Era la hora en que Raquel iba a trabajar en el colectivo 707. Al bajar del transporte, en avenida Márquez, un auto Renault conducido por un borracho, la atropella. Raquel muere después de 42 horas en coma.

Sin ella, la familia queda devastada, en la indigencia. Ester está a cargo de sus dos hijos y de un pequeño medio hermano, sin empleo, sin luz, sin agua, sin nada.

La gallina de los huevos de oro

La suerte empieza a cambiar cuando, conmovidos, en el trabajo de Raquel le ofrecen el mismo empleo a Ester. Esteban recuerda con humor que fue, por entonces, que aprendió el significado de la palabra nepotismo. Ya estaba obsesionado con el poder de las palabras.

Un tiempo después, la amiga de una amiga de una amiga, les regaló una antigua bomba de agua de hierro. Había que irla a buscar a Grand Bourg. Allí fueron y volvieron en tren. Pesaba una tonelada, pero para ellos era oro en polvo. Lograron perforar la tierra e instalarla. Cuando dieron los primeros bombazos y salió agua, Ester dijo enferma de felicidad: “Aquí se acabaron nuestras penurias”. Y se pasó un buen rato salpicando a Esteban.

Con tierra negra y agua, sienten que están salvados. Ester planta zapallitos, tomates, caña de azúcar… Arma un gallinero para la gallina Zulema y un gallo.

“¡Zulema nos dio de comer durante años!”, sonríe nostálgico al rememorar aquellos tiempos.

Trabajar desde los nueve

Esteban comenzó a trabajar a los nueve años. Lo hacía en la Despensa Lolita, desde las 9.30 hasta las 12.30, horario en que se iba apurado para el colegio. En la despensa limpiaba las heladeras, acomodaba cajas y envolvía huevos con papel de diario.

Hoy, desde su departamento en Oxford, Esteban ironiza: “¿A quién se le ocurre ser pobre en un barrio de ricos?” y reflexiona: “El ábrete sésamo de mi vida fue la lectura (…) Yo me rehusaba a ser pobre de palabras. Los diccionarios me apasionaban. Como no me alcanzaba el dinero para comprarlos me puse a juntar unos cables negros, los quemaba y, después, vendía el cobre que quedaba. Con eso, un día, me compré un diccionario de inglés”.

Una vecina del rancho en el que vivían, llamada Fernanda Fernández, tenía unos discos de vinilo para aprender inglés, ese idioma que tanto le llamaba la atención. Esteban los descubrió y le rogaba con insistencia que se los pusiera… ¡Quería aprender como fuera! Fernanda le decía “traeme unos huevos de Zulema y te los pongo…”. Y así empezó su romance con esta lengua que hoy habla como un verdadero nativo.

Por esos tiempos, en un cumpleaños, su padre apareció con un maravilloso tren eléctrico que no había dónde enchufar. Esteban no protestó, solo hizo lo que suele hacer un resiliente: lo empezó a empujar con sus manos y lo convirtió en un convoy de vagones de tracción a sangre.

Malas elecciones

En el camino de la vida, su madre volvió a creer en el amor. Se casó y tuvo dos hijos más: Marcos David (que murió a los 20 años por sobredosis) y Claudia Noemí. Mejoraron un poco el rancho, ya tenían electricidad, pero no mucho más. El problema era que Ester no tenía demasiado tino para elegir maridos. Este era algo peor que ausente, era golpeador y alcohólico.

En el rancho había poco espacio. Así que Esteban vivió, por un tiempo, en la casa de unos tíos paternos que habían perdido a un hijo. No duró mucho esa convivencia porque su tía enfermó gravemente y Esteban tuvo que volver. Por suerte, el ebrio marido de su madre no andaba demasiado por ahí, más bien andaba perdido entre copa y copa. Años después, una cirrosis lo mandó para el otro mundo.

Esteban comenzó con la búsqueda de mejores trabajos mientras seguía con sus estudios. No era fácil porque, con 16 años, nadie lo tomaba. Aun así consiguió trabajar para un laboratorio dental repartiendo dentaduras, puentes y coronas. Ese camino transitaba cuando un día, en un tren, conoció a un señor que le dijo que podía darle trabajo. Primero se negó, pero terminó aceptando. El señor era el fundador de Festo Argentina, una compañía alemana de automatización industrial que le puso una sola condición: debía seguir estudiando.

De la pobreza se sale

Cumplió. Esteban terminó, en 1987, el secundario especializado en Letras. Lo hizo cursando en el turno noche, en el Colegio Nacional Juan José Paso, en el barrio de Once de la capital. Fue en ese establecimiento que un profesor de geografía -que jamás había puesto un pie fuera de la ciudad de Buenos Aires- le despertó la pasión por los mundos lejanos. Le dijo: “Uno tiene que viajar primero por los países de dónde es su sangre”. Esteban empezó a edificar nuevos sueños y pensó en Italia, en Israel, en España…

De casualidad, cayó en sus manos un libro de un autor coreano que lo marcó: “Ahí leí que uno se debía embarazar de las cosas que deseaba para su vida. Si uno soñaba con una bicicleta, era muy factible que tuvieras esa bicicleta… pero el sueño tenía que ser muy claro: tenías que soñar el color, el rodado, la marca, el tamaño y hacer todo lo posible para tenerla”, recuerda Esteban.

Su próximo trabajo fue en el Hotel Conquistador, en la calle Suipacha. Por esos tiempos, se obsesionó mirando otro hotel de la zona: el magnífico Sheraton. Se le metió en la cabeza que quería trabajar allí. Educado, bajito, emprendedor, audaz, súper prolijo… se ve que decirle que no a Esteban era difícil. Consiguió un puesto. Tenía que repartir los mensajes por cientos de habitaciones. Iba con su enorme bolsa subiendo por los ascensores y bajando por las escaleras, piso por piso, cuarto por cuarto. Un día le ofrecieron ir a trabajar al Hotel Géminis, en Las Leñas. Se animó y se instaló en Mendoza. Como en la montaña no tenía en qué gastar, juntó plata para empezar a concretar sus postergadas fantasías.

FUENTE: Infobae



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