Historias: El renacer del viejo boliche de los Impini, orgullo del pago de Talitas

Es uno de los más antiguos almacenes de ramos generales de la provincia. Fundado en el siglo XIX, vivió momentos de esplendor cuando la vida rural era intensa y las familias que poblaban la zona y producían sus parcelas de tierra se contaban por miles. Casi 40 años después de su cierre la pulpería de Talitas, cerca de Larroque y en el departamento Gualeguaychú vuelve a recibir visitantes, en un proyecto que rescata la historia de una familia del campo entrerriano.

“Viejo boliche de los Impini/ que fuiste orgullo de nuestro pago/destino alegre de un tiempo añejo/ que no merece ser olvidado”…Un cartel azul y con letras blancas indica con claridad que no estamos en cualquier lugar. Aquí funcionó durante más de un siglo el Almacén de Ramos Generales Pulpería Impini. La vistosa chapa con una estética actual subraya la fecha de la apertura del boliche, 1889, aunque algunas referencias ubican la iniciación en 1860, en otro lugar y más como un despacho de bebidas, atendido por su dueño, Domingo Solimano.

Distrito Talitas, que “probablemente toma el nombre de un arroyo de la zona y que hace referencia los montes de talas” señala el “Índice de la toponimia entrerriana”, puntilloso libro de Rubén Bourlot y Juan Carlos Bertolini, fue el lugar donde llegó hace cien años el primer Impini, de nombre Segundo, a hacerse cargo del boliche ubicado a doce kilómetros de la ciudad de Larroque y por el “camino de la costa” como le llaman los lugareños, porque un poco más allá está El Corralito, ese punto de referencia sobre el río Gualeguay y sus meandros, sitio para acampar, con un balneario y donde también se extrae arena para la construcción.

En la amplia curva que conduce hacia el brazo de agua que surca el centro de Entre Ríos se divisa el antiguo edificio, una construcción grande y firme, rodeada de una tupida arboleda. El paso del tiempo ha ido dejando sus huellas, como las sensaciones indelebles de todos los que habitaron o pasaron por la vieja casona, evocaciones que se perciben en las paredes, en el techo de tejuelas y tirantería, en los mostradores de madera con una singular reja con puntas de flecha que establecía una distancia prudencial con el cliente en aquellos tiempos “por si las dudas” aunque “nunca pasaba nada” aseguran.

“Estamos trabajando para que vuelva a ser lo que alguna vez fue” nos recuerda Hernán Impini, quien junto a su esposa impulsan una vez más un proyecto que conjuga el amor por el lugar de pertenencia con un rescate cultural, de identidad, al que le ponen esfuerzo y pasión cada día, sobre todo los fines de semana cuando las puertas se abren para recibir a visitantes, turistas y lugareños que se acercan a esta recorrida por el túnel del tiempo que los transporta 130 años en el pasado, lo que no es poca cosa, al contrario.

“Los Impini llegamos en 1921” indica el bisnieto de don Segundo Impini y María Gervasoni, quienes se hicieron cargo del almacén del sur entrerriano “que por entonces administraba la sociedad Belgieri y Monti” y que ahora, cien años después, quieren volver a poner de pie, luego de un intento que no prosperó allá por 2002, cuando su tío Raúl, junto a sus hijos y el propio Hernán, intentaron poner en marcha el viejo almacén, pero sin éxito. “No funcionó, entre otras cosas porque los caminos eran un desastre, además de las condiciones del momento”. Argentina y sus ciclos podríamos decir y recordar sobre aquella dramática situación de la historia, casi 20 años atrás. Hoy, el legado familiar y la tozudez regresan en una apuesta al renacimiento del legendario boliche de Talitas.

El interior de la pulpería, o boliche, como le gusta más llamarlo a Jorge Impini, primo de Hernán, que nació y creció en el emblemático edificio y que el próximo 7 de noviembre presentará un libro sobre la historia de la familia, exhibe en sus estanterías la historia etílica de otros años: Coñac Tres Plumas, el tradicional Paddy, los aperitivos Cinzano, Lucera, Marcela o Amargo Obrero, botellas con una etiqueta de tela que parecen sidras, algunos jugos Baggio y los vinos Galardón y Arizu. Una mesa redonda de chapa al igual que las sillas plegadizas, la antigua balanza de dos platos. Todo está en su lugar, esperando que desensille del zaino el paisano, pida una copa y comience la liturgia de siempre.

La carnicería, el galpón y el fogón eterno

“Extraño tanto la dulce calma/ de tu regazo fogón fraterno/ donde se aviva la llama eterna/ de la nostalgia y los recuerdos”…

Un viejo galpón, que está detrás o al costado del boliche fue parte central de la historia y que excede a la familia Impini. “Por allí pasaron todos” nos dice Hernán. En lo alto se puede observar los números hechos por un herrero con el “1889” certificando la fecha de construcción. “Allí tuvieron una carnicería donde se faenaban hasta dos vacunos por día, que incluía el reparto: “La actividad se iniciaba muy temprano, a las dos de la mañana ya empezaban, y el fuego estaba encendido en el galpón donde se trozaba la carne. Luego se cargaban los sulky o carros y salían a repartir” relata. El “delivery” cárnico incluía un recorrido hacia el norte y otro al sur para abastecer a los peones que trabajaban en las distintas estancias de la zona y que en parte, suponemos, cobraban en “especies”, algo más que común en la época.

Pero mientras tanto el fogón o la Matera seguía encendido, “porque además funcionaba el tambo y el personal tomaba unos mates calentados en la pava antes y después del ordeñe”, apunta Hernán. Hay que imaginarse la circulación de personas por la edificación, ya que algunos también se quedaban a dormir, “como los viejos carreros que pasaban y hacían un alto en el camino para descansar junto con la caballada”.

Un viejo disco, un enorme cucharon, una esquina gastada por el fuego, son el silencioso testimonio de muchos encuentros, de copas, de trucos, de estofados, guisos o mateadas compartidas por la paisanada en ese pintoresco –estamos seguros- punto de reunión junto al fogón encendido tantos años en el galpón de este boliche del campo más profundo de Entre Ríos.

“Viejo boliche de los Impini/ que haya en Talitas yo conocí/gente sencilla, brazos abiertos/ bajo ése cielo yo fui feliz”… sintetiza la bellísima canción, con letra del gualeyo Fabricio Castañeda, interpretada por el chamamecero de Villaguay, Mario Suárez, para describir la pulpería y el famoso galpón, un lugar donde hubo el fogón estuvo encendido durante 30 años, según cuenta la historia.

El presente

“Viejo boliche de los Impini/ que fuiste orgullo de nuestro pago/destino alegre de un tiempo añejo/ que no merece ser olvidado”…Desde que la pandemia comenzó a ceder, la vieja pulpería del camino de la costa que une Larroque con El Corralito, en la ribera del Gualeguay, comenzó a soñar con un nuevo despertar. “Por ahora estamos los fines de semana y con reservas, tenemos una respuesta muy buena” dice con entusiasmo este docente y maestro mayor de obras.

Carnes asadas, picadas con muy buen salame, queso y pan casero o empanadas forman parte de la gastronomía que se ofrece al visitante, en el interior o bajo los árboles que son parte inescindible de un mediodía o una noche, cuando el verano llegue también al boliche de Talitas. Sabores, condimentos o sensaciones que saben más ricos cuando, luego de sacar las fotos o selfies, silenciamos el celular y reparamos que estamos en un lugar único, cargado de recuerdos, de historias de vida y hasta podemos sentir gente de a caballo o en carros llegando al almacén y acercándose al fogón del galpón, en ese rincón donde el fuego se ha vuelto a encender en el viejo almacén de los Impini.

Guido Emilio Ruberto / Campo en Acción



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *