Cuando tenía 16 años y una guitarra de luz entre sus manos, Eduardo Hildebrandt dejó los rumores comarcanos de Aldea San Simón y visitó los estudios radiales de Concordia.
En 1953 actuó por primera vez en Buenos Aires llevando el encanto del chamamé, que al decir de Bernardo Ranalletti “es como un árbol en constante crecimiento, porque sus raíces se hunden en el suelo fértil de sus tradiciones”.
Artísticamente adoptó el apellido de su madre y ostentó con orgullo los valores que le inculcara su padre.
Doña Manuela y don Juan Félix, como los habitantes de Lucas González, bella ciudad del departamento Nogoyá donde naciera el 12 de octubre de 1933, lo vieron partir con su avío de cielo.
Junto a Mario Millán Medina, Miguel Repiso y Ramón Bernárdez, supo plantarse en los grandes escenarios del país, interpretando con Víctor Seri el auténtico sentir comarcano: “Soy chamamé, sí señores, la emoción del litoral / llevo en mi alma el Guayrá, el violín de un misionero / y de un gringo musiquero el acordeón inmortal”.
Como el viejo y querido maestro Bogni, que dirigía la Banda de Música, o la figura del “Indio” Enrique Guaita, goleador de la Selección Argentina de Fútbol y campeón del mundo con la Selección de Italia, Mongelós supo del acendrado afecto de su gente.
Un tarde de primavera decidió la palabra y la melodía para encerrar las nostalgias del pago: “Porque he nacido sobre tu suelo / Lucas González quiero evocarte / para decirte en estos versos / que nunca, nunca, he de olvidarte”.
En el pueblo de siempre, como lo define Romeo Lógica, el cantor floreció con los niños, “en el diario trabajo del obrero, en la sencilla mesa del domingo; en el recuerdo de los que se fueron”.
Trasladó por el mundo las vivencias de los rincones entrañables a través de canciones que ganaron el corazón de la gente sencilla: “A Lucas González”, “Arroyo Barrientos”, “Tu casita blanca”, “Tu olvido” y “Rancho viejo”.
Al regresar de Buenos Aires formó con Santiago Percara y Carlos Velázquez, el conjunto “Los boyeros del litoral”.
Además de sus propias obras, integraron el repertorio en festivales y bailantas “Aquella ilusión”, “El pueblito aquel”, “Ilusión cué”, “Así fue mi destino”, “Distancia”, “De mi celda”, “Qué tienen tus ojos”, “Aquel Paraná”, “Nogoyá”, “Tarragona” y “El cumpleaños”, piezas populares que hicieron nido en los tajamares del sentimiento.
Vivió solamente 37 años. Murió en Buenos Aires, el 16 de octubre de 1970. Una calle de Lucas González recuerda su guitarra y su alma buena.
Una noche de fiesta, con la emoción de sus hijos Marcelina y Antonio, le rendimos un cálido homenaje en el escenario de la Fiesta Nacional del Lino que lleva su nombre.
En otro fogón de afecto crecido, Antonio Tarragó Ros recuperó su aliento de siglos con su acordeón chamamesera, en el mismo solar donde ocurriera el milagro del canto.

Para aldiaentrerios.com.ar por ROBERTO ROMANI



