Nuestros juegos siempre vencieron la distancia y las soledades del monte.
Cada rayuela encendida nos devolvió los cuadros de la primavera.
Y las rondas de la inocencia sembraron de pisingallo y macachín los corredores del tiempo.
Sobre el molino de la cotidiana espera las golondrinas, viajeras y nostálgicas, dibujaron cada tarde los rostros de la felicidad con lagrimitas.
Debajo de la magnolia desnuda las manos tejieron una tacuarita azul para volar entre los naranjos, y regresar a los silencios del crepúsculo en una pandorga de promesas campesinas.
Cada rincón tuvo su historia y la escribimos por todos los abrazos de la casa grande.
Al regresar de las interminables partidas advertimos con asombro y tristeza que la galería y las luciérnagas del patio eran más pequeñas, y que sólo cabían los misterios grises de un otoño gurí, descalzo de penas.
Sin embargo, al recorrer entre biznaguitas la sombría tapera de las añoranzas, nos convencemos que la casa tiene el tamaño de nuestros sueños.
Y que nunca dejará de latir entre las cuchillas del cuaderno niño, aguardando los caballos del amanecer, que nos trasladen por la tranquera abierta de la eternidad, hacia la única luz que no tiene fin.
Por: Roberto Romani – con Ilustración de Jorge Frasca



