El   Farol

Por: Roberto Alonso Romani

Nos habíamos acostumbrado a las sencillas y amigables lámparas, que reunían a la tardecita los rostros, la cena y el silencio del campo.

En el centro de la mesa, junto a la cama, o en los descubrimientos nocturnos de la infancia, fueron círculos preciados de fugaces amparos luminosos, que viajaron cada noche desde nuestras almas hasta los insondables secretos de la quinta.

Pero un día de caballos y truenos, bajo la lluvia de nuestras rutinas sin apuro, llegaron desde el pueblo nuestro padre y el farol.

Con el encendido del novedoso visitante en la amplia cocina de los encuentros, los gurises aferrados al grito entendimos una felicidad inmensa como el horizonte.

A partir de entonces, la mirada y nuestros juegos de artesana costumbre trascendieron la humildad de las lámparas.

Cada rincón de la casa grande tuvo un “Sol de Noche” para entibiar el invierno, una lejana referencia entre los montes para advertir a los troperos sobre las otras vidas que, después del crepúsculo, se reían de las sombras desde el mangrullo de las esperanzas niñas.

Ya nada resultó fantasma gris entre las paredes del afecto crecido y la cocinita a leña, con los aromas de la nostalgia.

Cada uno empezó a escribir la historia, con las heladas de julio endulzando la fruta, guardando en el florecido aljibe las sandías del verano; ostentando las cicatrices del arado entre los verdes paraisales del recuerdo.

Hoy, a muchos cardales de la centellita, vuelve madre, a iluminar el patio con canciones; a tender la mesa y compartir la plegaria.

Vuelve, madre, a encender el farol de la infancia, porque he regresado al sur de los otoños con aguaceros de pesadumbre, y extraño demasiado aquel resplandor de la cuchilla y tus abrazos sin tiempo.

Vuelve, madre, con el “Sol de Noche” entre tus manos, que los hijos no pudimos solos; y necesitamos tu abrigo y los ojos de papá, al cabo de la muerte, para superar la oscuridad de la tristeza.

ROBERTO ROMANI

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