Los aires buenos del norte entrerriano acariciaron su infancia de tala y cardenal, cuando las solapas de la siesta estival asombraban sus ojos acostumbrados al sublime encanto del monte cercano.
Vivió solamente 22 años, pero su noble figura paisana se incorporó definitivamente a los misterios de la crónica popular.
Se convirtió en el recuerdo añorado de hombres rudos y de mujeres sencillas, quienes en los instantes de incertidumbre y de pena recurren a su alma protectora.
Lázaro Blanco nació en San José de Feliciano, “rincón de tradiciones”, donde todos los años se enciende la sangre del pueblo cantor sobre el escenario que lleva el nombre de aquel intrépido jinete, que desafiaba los inviernos de la existencia humana con un largo sulbido esperanzado, mientras su caballo criollo inauguraba sendas de sacrificio y acortaba las distancias del olvido.
En tardes de plateados encuentros, con el cimarrón de mano en mano, la abuela Blanca, bisnieta de “Chalo”, recordaba y sufría el rayo mortal que inauguró el milagro, aquel 27 de septiembre de 1886, cuando el chasque cabalgaba hacia los cielos limpios para fundar la leyenda.
Lejos en el tiempo había llegado Linares Cardozo hasta la humilde casa de Bruno Emilio, el único descendiente de Lázaro e Isabel López, ávido de creencias y fervores populares, trabajando acuarelas de gozo y provincianía, que definieron para siempre el sentimiento y el mito.
Después de un siglo de oraciones y promesas; y peregrinajes de íntimos anhelos, la cruz que recuerda al hombre sigue convocando a los hermanos que sufren sobre el antiguo “Camino Borello”, seguramente porque Dios necesita arrieros paisanos que enciendan en los ranchos pobres una palabra de júbilo y templanza.
A partir de Ciriaco Benítez que rezó por lluvia al alma del criollo entero, han sido miles de voluntades las que volvieron junto al viejo algarrobo para agradecer la lucecita de la vida.
Y cada caminante, a su modo, deposita una ofrenda de flores silvestres, con el anhelo de que un galope de eternidad anuncie el regreso de una risa pueblerina, dispuesta a quedarse.
No pudo llegar a destino el chasque Lázaro Blanco.
Una oscura tormenta de primavera se llevó su poncho y su caballo.
Sin embargo, nosotros sabemos que de aquella sangre y de aquellos resplandores aún permanece el alma y la ternura.
Mientras vuelve con el mensajero aguerrido una lluvia de mariposas libres, para alimentar los sueños y vencer a la tristeza, en la plaza de Feliciano.
Por: Roberto Romani

